23 junio 2017

El triunfo de los benditos

    Nadie sabe el motivo. 
    Nadie se puede explicar como seres perfectos viviendo en un mundo perfecto, decidieron  bajar a la tierra para enfangarse habitando entre nosotros, prisioneros en la caverna platónica. 
    Nadie entiende a los Benditos.
    ¿Serán acaso descendientes de aquel grupo de plumíferos engreídos expulsados de las instancias celestiales cuando el
    Divino Hacedor decidió hacer limpieza? 
    No lo sé, los que yo conozco más bien suelen presumir de su condición laica y no parecen bien dispuestos hacia las zarandajas "divinidosas". 
    Por preferir seguro que prefieren acogerse a la estirpe de
    Prometeo,  aquel pícaro ladrón capaz de desafiar a Zeus convirtiéndolo en un patético tuercebotas tras arrebatarle el fuego divino delante de sus propios morros. Ese fuego que luego el granuja repartió dadivosamente entre nuestra precaria comunidad terrícola.
    Prometéicos o caídos, el hecho cierto es que  los
    Benditos se han acostumbrado a nuestras costumbres.  Se han mimetizado de tal manera, que solo una mirada atenta y especializada puede descubrir que  aunque comen, duermen, follan, chacharean y mueren como nosotros, son radicalmente de otra especie.
    Sé que a estas alturas muchos os estaréis mordiendo las uñas, ansiosos por saber si pertenecéis o no a esta raza extraterrestre y huir así de vuestra repelente condición humana. 
    Olvidaros del tema, los
    Benditos llevan implícito el conocimiento de su propia naturaleza y de los que son sus iguales.  Por lo tanto, no os extrañe verlos siempre tan orgullosos, tan seguros de si mismos.
    Ellos son y se sienten perfectos. Tienen ideas perfectas. Y su inapelable perfección les induce a pensar y actuar en cada momento de la forma más adecuada y plausible.
    Mientras que tú eres un lamentable fracaso de la evolución y vives apegado a una realidad que te condiciona haciéndote vulnerable y estúpido, los
    Benditos están siempre como unas pascuas, como recién salidos de una ducha larga y reconfortante, con una recetita a mano que dará una condescendiente respuesta a  tus necesidades, angustias y caprichos.
    Lo cierto es que tus vacilaciones te ponen en evidencia y si tuvieras dos dedos de frente deberías imitar a los benditos para no quedar como un necio patán, un chisgarabís dubitativo e inconsciente y por tanto justo merecedor del rechazo, el desprecio y  la majestuosa indiferencia de semejantes seres superiores.
    Sí, amigos, no penséis nunca que la hostilidad de los
    Benditos es fruto de su altivez, de su orgullo, de su clasismo, de su falta de sentido práctico o de su indomable soberbia. Lo que ocurre es que su excelencia os coloca a vosotros en vuestro verdadera madriguera, la que os corresponde como aborígenes terrícolas infectados de piojosas flaquezas humanas. 
    Marcan las distancias sí, pero porque  ellos proceden del mundo de las ideas puras, de las ideas sin mácula, y vosotros no dejáis de ser unos pobres pelagatos, esclavos de vuestras emociones primarias y de la repugnante realidad a la que adoráis tanto que os hace olvidar que el paraíso está en donde moran las bellas teorías imposibles. 

    Ellos hablan de Libertad, de Belleza, de Justicia y vosotros solo sabéis balbucear conceptos inconexos y ridículos que son el único fruto que puede producir vuestra adocenada vida mediocre.
    Es evidente que para esta élite, selecta y clarividente, la mayoría sobramos y les gustaría prescindir de nosotros en sus íntimos anhelos.
    Pero nos necesitan. 
    Nos necesitan para que hagamos bulto y seamos su auditorio de aplaudidores.
    Para  que nuestras limitaciones contrasten con su prodigalidad. 
    Para que nuestras sombras hagan resplandecer su luz. 
    Para poder seguir reconociéndose entre ellos. Haciendo grupo. 
    Formando una piña inasequible y pura que contrasta vivamente con  nuestra despreciable impureza humana. 
    ¿Te has enterado, pringado?

    07 junio 2017

    Tierra de fantasmas

    Kaskarilleira es tierra de fantasmas. Algunos con chicha, otros despojados de todo carnadura.

    Están los fantasmas de "toda la vida", herederos de viejos fantasmas. Los que aún sobreviven presumiendo de sus polvorientos y linajudos álbumes familiares o de sus apellidos compuestos. Muchos de ellos no eran hijos de nadie hasta que azularon su sangre aprovechándose de la notoriedad de sus antepasados,  aquellos ilustres y heroicos deportistas practicantes del tiro mortal al sindicalista asustado, a la costurera rebelde o al maestro tembloroso que se agarraba los pantalones sin cinturón para no perder la dignidad en su hora postrera.
    Estos fantasmas ya tienen nietos y en verano les gusta apreciar lo que han crecido cuando los ven bañarse en la piscina de la finca - así le llaman para no llamarle chalet - que los abuelitos regalaron a sus papás cuando éstos heredaron el bufete, el estudio, la gestoría o el señorío del apellido. Fantasmas abuelos que gastan las tardes de invierno en partidas de billar o de cartas bien resguardados dentro de esa mole grotesca y monstruosa que llaman casino, construido gracias al pelotazo inmobiliario de un juez corrupto.
    Al llegar la noche, a la hora de los vinos en el bar de siempre, los más osados recuerdan con nostalgia viendo a la nueva juventud barbada, sus viejas andanzas matoniles contra rojeras y melenudos en los tiempos ingratos en que falleció el Caudillo.
    No comprenden que ha pasado desde entonces. No comprenden porqué su tiempo es solo recuerdo y porqué Kaskarilleira ya no es su ciudad.
    No comprenden porqué una pandilla de impresentables indecorosos a los que no conocen de nada se ha adueñado de la ciudad que siempre consideraron suya. Patalean y se quejan, montan barullo desganado en ciertas celebraciones en decadencia y se quejan  sin cesar de lo humano y lo divino.
    Cierto es que cuentan con algún escribano amigo de pluma remilgada defendiendo los viejos valores desde el diario más reaccionario, ese que vive de viejas suscripciones que la gente se olvidó de cancelar. El rancio periódico es un baluarte para defender su malestar, ya que les ofrece esa clase de hostilidad desorbitada que no puede disimular - tras el supuesto cariz ideológico - que la cosa va de pasta, es decir, de no recibir pasta municipal para mantener el tinglado ruinoso.
    Y sin embargo nada parece suficiente para su congoja, por eso un grupo de ellos crearon una comisión y me visitaron en mi mugriento despacho de detective.
    • Arou, queremos  que nos deje su contenedor transtemporal para viajar al pasado.
    Flipé. Ya era una pasada que aquella gentuza pija hubiera llegado hasta mi covacha, pero que encima me pidieran que les dejara viajar en mi asqueroso contenedor de basura (*)a cambio de todo un pastizal  de euros, me pareció la leche.
    • ¿Y qué se les ha perdido a ustedes en el pasado?
    • Queremos instalarnos en él. Colonizarlo. El presente es una mierda.
    • Bueno, pues vale.
    Dos días mas tarde se fueron en manada no sin pelearse para conseguir hasta el último rincón disponible del codiciado contenedor. Un viaje sin retorno, de eso me encargué yo. 
    Hoy me sobra el dinero y diría que desde que se fueron se disfruta de un aire menos viciado en esta ventosa y algo pretenciosa ciudad atlántica en la que reposa mi sombra.

    (*): Haced clic aquí si queréis recordar las características de mi cachivache.
    (Capítulo 37 de Kaskarilleira Existencial.